Micaela era una adolescente que vivía en Banfield, una localidad del Partido de Lomas de Zamora.
Estudiaba en el Instituto Saavedra, en la calle Tucumán. Estaba en el tercer año.
Su barrio tenía calles apedredas, con pavimentos descuidados y a la vez de buen semblante.
Anabela era su compañera, con la que mejor se llevaba, compartían muchas cosas e inquietudes.
En una tarde tormentosa, cuando el agua parecía no tener piedad de los habitantes, tocó a la puerta un chico de rulos y de vestimenta excelsa.
Micaela lo divisó meticulosamente: su rostro se reburizó, las pulsaciones se empezaron a agitar presurosamente y difícilmente podía proferir palabra alguna.
Le decía a Anabela:
- No puede quedar impune la belleza de su osamenta. Estaba diciéndole en un estado eminente de agitación.
- ¿Qué haremos mañana?, yo no puedo salir a pasear a tu perro Scott de nuevo, tengo mucha tarea pendiente.
- Eres una amiga siempre comprometida.
Siento unos pasos que se aproximan lentamente.
- Me fascinan los animales y en especial los perros salchichas. Se entrometió el niño que le volvía la voz trémula.
- A mí también- quería preguntarle una curiosidad pero consideró que resultaría erroneo. Pensaba que su interrogación…
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